
Blanca Gortari. Acrílico sobre papel.
Reflexionando sobre lo que nos hace infelices…
¿Qué nos hace infelices? o ¿Cuándo nos sentimos infelices?
Aparentemente, la infelicidad es el resultado de un estado más o menos prolongado de insatisfacción, pero mientras que la insatisfacción tiene su origen en una carencia puntual o concreta o un estado de necesidad no complacida, la infelicidad tiene que ver con algo más abstracto.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define infelicidad como desgracia y a la propia desgracia como un suceso funesto, como un motivo de aflicción debido a un acontecimiento contrario a lo que conviene o se desea. Teniendo en cuenta esto, quizá lo primero podríamos deducir es que la infelicidad viene condicionada por un estado del espíritu o del ánimo, ya que incide en algo que va más allá de lo físisco o de lo mental porque se mueve en el ámbito de los sentimientos. De esto se puede inferir que la infelicidad es la consecuencia del impacto de un suceso no en una realidad objetiva sino en una realidad subjetiva que lo convierte en vivencia trágica.
El problema básicamente viene dado por nuestra educación, por las enseñanzas de nuestra sociedad: se nos inculca un fuerte sentimiento de apego hacia nuestro Ego. Centramos nuestra existencia en el Yo y es éste el que marca cada uno de nuestros comportamientos, el que lo llena todo. ¿Dónde se produce, por lo tanto, la experiencia más problemática? Sin duda, en la relación con los otros. Porque, cuando interactuamos con el mundo, logramos transformarlo para adaptarse a lo que necesitamos, pero en las relaciones con los otros , inevitablemente, nuestro ego llega sólo hasta donde el de los otros nos permite, y es en este choque con el yo de los otros donde el nuestro más sufre. Ese choque está fundamentalmente provocado porque extendemos los deseos que parten de nuestro yo tanto, que los hacemos dependientes más allá de las fronteras marcadas por él y permitimos que se infiltren en un territorio que no está bajo nuestra jurisdicción. De esta manera autogeneramos expectativas que necesitan de la actuación de los demás para ser conseguidas y cuando no las conseguimos es, al menos en un primer momento, la actitud de los demás la que somentemos a juicio de forma casi siempre subjetiva y tendenciosa; cuando es nuestra propia actitud la que juzgamos, aparece otro gran enemigo de la felicidad que es la culpa.
Las expectativas y la culpa, tienen como compañeras de viaje otra causa común de infelicidad que es la comparativa. En la relaciones con los demás nuestro ego infinito descubre sus limitaciones y, el motivo de las limitaciones casi siempre se asocia al ego de los otros, en ese proceso reconocemos otro ego que , al final, se nos presenta como identificable por semejanza pero también como diferente y se convierte en un espejo que nos devuelve una imagen con la que comparamos la nuestra. Pero, al final, la imagen de los otros no es otra cosa que una imagen distorsionada de nosotros mismos, que, en líneas generales, nos reconforta en algunos casos (el amor quizá es el más evidente, la amistad o el reconocimiento serían otros) y nos solivianta en la mayoría de ellos (incluso en muchas situaciones derivadas de aquellos generalmente reconfortantes). “El infierno son los otros” decía Sartre.
Sabiendo esto, quizá logremos romper más fácilmente ese círculo vicioso creado entre el yo y el yo de los otros que nos conduce a la infelicidad, y transformarlo en otra forma de interactuación que sea lo menos dañina y lo más enriquecedora posible. Quizá haya que empezar limitando el ego desde dentro sin otras expectativas que las basadas en nuestra capacidad para lograr nuestros deseos, y sin comparativas, sólo observando y concibiéndonos parte de un Todo al que pertenecemos.
Continuará…

Jueves, 3 de Junio de 2010
Emociones y Reflexiones