CRISIS ECONÓMICA VERSUS CRISIS DE CONCIENCIA…

Martes, 25 de Mayo de 2010

Emociones y Reflexiones

Blanca Gortari. Pintura digital.

Cuando hablamos de crisis económica, estamos ante una perturbación orgánica de la actividad económica -ya sea mundial, continental, o más localizada- , caracterizada por una paralización de la totalidad de las operaciones de esta índole, o de una parte de ellas. Lamentable o afortunadamente, lo que sucede en el momento actual, no parece que se quede en infusión de esas borrajas, sino que forma parte de un río más que acaudalado largo y, por supuesto, espeso que va inundando poco a poco cada rincón escondido de nuestras estructuras más aparentemente sólidas.

Podríamos hablar del siglo XX como el siglo del capital teniendo en cuenta que las relaciones económicas fueron los maestros de ceremonias del progreso histórico del periodo que comprendió (sobre todo su segunda mitad); aunque las teorías materialistas/capitalistas establezcan la economía como motor de la historia global, es indudable que nunca el dinero fue más poderoso y su posesión mayor garantía de autoridad.

Aunque algunos de los problemas que nos están estallando en la cara en el siglo actual ya habían sido intuidos (el abuso de los recursos naturales, la sobreexplotación agrícola, las diferencias cada vez más abismales entre los pobres y los ricos , la superpoblación, el deterioro medioambiental, la capa de ozono, el futuro energético, la crisis de valores y conciencia, los problemas educacionales…), la táctica del avestruz mezclada con ese ansia tan primitiva que tenemos los humanos de comernos todo lo que nos pongan delante si nos gusta, fue la práctica generalizada tanto por los gobiernos como, de forma cómplice, por los individuos y las únicas y escasas medidas adoptadas no fueron más allá que las protestas por pequeños corpúsculos de la sociedad que, prácticamente, parecían fuera de ella. En el siglo XXI esta situación ha pasado de ser sobreseída a convertirse en perentoria; el saco no aguantó la avaricia y el problema de las prisas es que obligan a vestirse apresuradamente, aunque lo ideal sea hacerlo despacio. Vestirse apresuradamente conlleva soluciones que están sirviendo de parches a un sistema que hace -volviendo al agua y al río- aguas por demasiados sitios, el problema estaría en saber cuánto aguantarían esos diques de contención que siguen reforzando a nivel estructural un edificio con aluminosis, cuando la solución vendría, indefectiblemente, del replanteo integral y de carácter sistémico. El problema es que esto, es vestirse despacio.

Nos hallamos ante una sociedad plural, multicultural y, por si fuera poco, en crisis. El capitalismo nos ha conducido a una supuesta sociedad del bienestar en la que los problemas de empleo, vivienda y educación son cada vez más graves; esto si nos detenemos sólo en Europa y no tenemos en cuenta la situación de los países menos desarrollados. El gran desarrollo tecnológico acontecido entre el pasado siglo y éste ha tenido un gran impacto en todas las áreas de la vida incluyendo las formas de trabajo, la organización de empresas y entidades y sus modos de dirección y gestión, la cantidad de puestos de trabajo y los tipos de empleo y profesiones, la capacitación requerida, la productividad y la creatividad, por no hablar de las relaciones humanas. Pero las causas últimas de los problemas causados por eso no están en la evolución técnica, sino en la crisis del modelo económico-financiero y del vigente orden político internacional derivado de él y en las consecuencias de índole natural, social y humano que se están produciendo. En una civilización en cambio profundo y con una situación de paro e inflación que, previsiblemente durará años (el pleno empleo es hoy por hoy inalcanzable); acelerar las transformaciones sociales y preparar al hombre para adaptarse a la nueva situación son, quizá, las más rigurosas de las soluciones. Pero esto sólo sería posible a través de la educación. La formación profesional y laboral y la educación básica y general habrían de preparar para el futuro; sin embargo, los sistemas educativos formales son lentos en recoger las necesidades del mundo real y suelen impartir una preparación más apta para las situaciones del pasado que para las del futuro -que son las que realmente vamos a afrontar-. Porque, además, nunca sabemos exactamente qué nos deparará el futuro, el cual, de forma caprichosa, a veces incluso se alía con el azar para coquetear más con la imaginación que con la previsión, y las cifras y los datos, no funcionan tan certeramente con la imaginación como con las previsiones. Podría parecer que el panorama es bastante desalentador.

En la sociedad de la información el acceso a través de las nuevas tecnologías a un universo casi infinito e ilimitado le confiere cada día un componente más global al conocimiento, pero paradójicamente, la información se nos aparece cada vez como algo más sesgado, o tan microscópico que podría carecer absolutamente de interés general. A pesar de eso, lo que sí es cierto es que la información facilita la capacidad de adaptación a situaciones nuevas y que también esa gran revolución del acceso a los contenidos y no sólo a los contenidos más generales o a la información más institucionalizada, nos han procurado algo que para mí es básicamente la piedra angular de los tiempos que corren y, también por qué no, filosofal: la conciencia. No es que hayamos adquirido conciencia ahora (la conciencia es algo que nos acompaña desde siempre y evoluciona con la vida), es que el cambio de los procesos de calado de la información en la sociedad ha dado como resultado la posibilidad de asimilar e integrar determinados puntos de vista, que en otras circunstancias no hubieran podido penetrar en las diferentes individualidades que, al fin y al cabo, son las que constituyen un sistema y le dan forma. De esta manera, ahora, los individuos, las personas, son mucho más conscientes de pensamientos e ideas de otros y tienen mucho más acceso a conocimientos que antes hubieran pasado desapercibidos. Esto favorece indudablemente la ampliación de la perspectiva sobre el mundo y sobre los seres humanos, lo que conlleva una mayor conciencia de la totalidad, también de la individualidad (la verdad está en la paradoja). Quizá también por esta razón, esos pequeños corpúsculos que pretendían alertar sobre los temas peliagudos a los que nos estaba conduciendo nuestra forma de relacionarnos con el mundo y con el planeta, han terminado llegando a una parte muy importante de la población mundial, y, por ende, a las clases dirigentes que, son al fin y al cabo las que pueden aportar medidas reglamentadas para solucionar los problemas. De esta manera se produce un fenómeno importante, más que las medidas acuciantes que se deriven de este hecho, es que la suma de la conciencia individual sobre los problemas puede actuar como catalizadora y potenciadora de la conciencia global.

Igual que Lenin cuando en 1920 fue preguntado por Fernando de los Ríos en la URSS sobre cuándo traería el régimen bolchevique la libertad para los ciudadanos, contestó “libertad, ¿para qué?”, habrá personas que pregunten “conciencia ¿para qué”. Quizá sí es importante repasar por encima la Historia y recordar, que las grandes revoluciones comienzan por y en el pensamiento, si no hubiera sido por los ilustrados la Revolución Francesa no se habría dado ni los pasos agigantados que se consiguieron gracias a ella, hacia derechos sin los cuáles hoy nos costaría mucho vivir; o sin la aportación al pensamiento de Marx y Engles hoy no tendríamos jornadas laborales sensatas. Cada salto en la conciencia humana implica un cambio de estructuras mentales que derivan en cambios sociales, políticos y económicos. Que las consecuencias de esos saltos sean mejores o peores no sólo depende de los dirigentes o de los políticos; de cada uno de nosotros, de cada una de nuestras conciencias, depende que la evolución sea para bien o para mal; porque, hoy más que nunca, tenemos la certeza de que la conciencia individual incide sobre la colectiva y, además, contamos con herramientas muy poderosas que permiten el diálogo directo entre individuos como jamás se había dado. Que esto no nos encierre ni nos condene al ostracismo, que lo que nos dé sean alas para volar hacia los otros y colaborar en un cambio positivo de rumbo. Yo siempre soy partidaria de ver el vaso medio lleno y confiar.

Una entrevista interesante relacionada con el tema.

http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2010/04/02/crisis-son-motor–evolucion-historia/425569.html

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